diumenge, 4 de febrer de 2007

La hora tonta

Desde hace ya bastante tiempo intento vivir manteniendo una coherencia entre mis actos y mis pensamientos. Comportarme en consecuencia con lo que pienso es posiblemente la tarea más difícil que me he puesto a mí misma. Y puedo afirmar, con el convencimiento que pocas veces tengo, que no lo he conseguido, ni siquiera estoy cerca.

Si hiciéramos una representación gráfica de “lo que pienso” y “lo que hago”, yo creo que el resultado sería algo así como dos líneas paralelas que, sin llegar a tocarse, sí marchan bastante juntitas. Digamos que no se tocan, pero tampoco se pierden de vista.

Hay momentos, sin embargo, en que estas dos líneas se separan, se entrecruzan o algo parecido. El caso es que pierdo el control sobre lo que pienso y lo que hago y, para qué negarlo, hago directamente lo contrario de lo que he pensado que iba a hacer. Y aunque estos momentos se dan normalmente en situaciones de poca importancia para el desarrollo de mi vida, no dejan de ser una desmoralizante traba en el cumplimiento de mi tarea. Vendría a ser como si el que está dejando de fumar no pudiese quitarse el cigarrillo de después del café.

Un día, hablando con mi abuela, me di cuenta de que ella tenía mi mismo problema. Me explicaba que había hecho una cosa que no debía y que, de hecho, minutos antes había pensado en no hacer. Pensé que, con la experiencia de los años, quizás ella podría haber encontrado la respuesta al por qué de ese comportamiento. Entonces le dije:

- Pero abuela, ¿por qué lo hiciste?

Y ella, con toda naturalidad, respondió:

- Mira, estaba en mi hora tonta del día...