dimecres, 25 d’abril de 2007

Maria Teresa

Se llamaba Maria Teresa. Debía tener unos 65 años, aunque aparentaba unos cuantos más. Saber que me habían adjudicado a esa vieja loca como alumna de informática, no me hizo ninguna gracia. Cada mañana era la primera el llegar, siempre andando muy a prisa, como si tuviese la agenda repleta de actividades por hacer. No tardé mucho en averiguar que venir a mis clases era prácticamente su única ocupación. Me contó que había sido hasta hacía muy poco maestra de música en un colegio. Explicaba con rabia cómo le habían arrebatado su puesto de trabajo. En el colegio ya no la querían, entendían que ya no sabía enseñar, ella que había dedicado toda su vida a eso. Supuse que simplemente se había jubilado.

Repetía una y otra vez lo horrorosa que le parecía la informática, lo mucho que odiaba el ordenador. Se alteraba de una manera sorprendentemente desproporcionada. Yo me preguntaba por qué venía entonces cada día a clase, sin tener necesidad alguna de aprender todo aquello que yo trataba de explicarle, pero jamás se lo pregunté. No hizo falta, un día me dijo:

- Yo aprendo informática por ella.
- ¿Por ella?
- Por mi hermana, murió hace poco, ¿sabes?, le encantaba el ordenador.

Su hermana y ella debieron ser muy diferentes. Habían pasado 2 meses desde que Maria Teresa empezó sus clases y aún era para ella un objetivo inalcanzable comprender el funcionamiento del “copiar y pegar”. Se lo había intentado explicar infinidad de veces, utilizando ejemplos, objetos, comparaciones. Nada, al día siguiente la pregunta era la misma “¿me podrías volver a explicar eso del “copiar y pegar” que no lo entiendo?”.

Finalmente la frustración se apoderó de mí y un día le dije:

- Maria Teresa, creo que debería usted probar de cambiar de profesor porque yo esto se lo he explicado mil veces y no hay manera de que lo entienda. Si viene por las tardes, hay un compañero...

No me dejó terminar.

- No, si soy yo que no escucho. No me interesa.
- ¿Cómo? Entonces, si no le interesa y no me va a escuchar, ¿por qué me hace cada día la misma pregunta?
- Me gusta ver en tus ojos que, cada vez que me lo explicas, estás convencida de que esa vez lo entenderé.

Bajé la mirada y ella se retiró hacia su ordenador. Al día siguiente, a primera hora apareció Maria Teresa y con su voz acelerada se dirigió a mí:

- Laura, ayer estuve intentando practicar en casa eso del “copiar y pegar” y no hay forma, ¿me echas una mano?.

dimarts, 3 d’abril de 2007

Zanahoria

Si visualizo la amistad, veo una cuerda siempre en tensión. A cada lado de la cuerda hay una persona estirando de un extremo, hacia sí mismo. Mientras la cuerda se mantenga tensa, la amistad continua viva; cuanto más tensa, mejor. No importa si un día una de las dos sujeta con menos decisión, la otra puede compensarlo estirando un poco más. Pero si la cuerda se suelta por uno de los extremos, por mucho que desde el otro se estire con todas las fuerzas, es imposible mantenerla tensa.

Aquel día quise decirte que tú habías soltado tu extremo. Mejor dicho, que tirabas de la cuerda sólo de vez en cuando. ¿Los martes y los jueves? ¿Los días impares? ¿Domingos y festivos? Reconozco que hasta perdí tiempo en intentar justificarte bajo una imposible progresión aritmética. Pero aquella tarde, solo ante mí, tu mirada lo dijo todo y por fin entendí que sólo tirabas de tu extremo porque pensabas que en el otro, yo había atado una zanahoria.