dissabte, 23 de juny de 2007

El guardián de mi intermitente adolescencia

Si hay un momento en la vida donde estamos en constante cambio, aprendizaje y adaptación de nosotros mismos, ese es sin duda la adolescencia. Yo en esto no fui una excepción. Aunque sí me sorprendo a veces teniendo la sensación de que ese período de mi vida no está cerrado, sino que aparece y desaparece.

Mi adolescencia intermitente no consiste en volver a tener que preocuparme por el acné juvenil (que además nunca tuve), ni en que una desconocida fuerza interior me invite a llenar de recortes de revista cada rincón de mi habitación. Tampoco me descubro pensando que el mundo está en mi contra, ni me rodeo de amigos hasta para ir a comprar el pan.

Sin embargo, cada cierto tiempo, la certeza de estar en los primeros cursos de un largo aprendizaje se me hace insultantemente evidente. A la vez, si miro a mi alrededor, el paisaje que me rodea es desconocido, pero no me asusta. Estoy segura de que atravesarlo no conllevará ningún peligro; en parte porque el insolente arrojo de los quince años me acompaña, pero principalmente porque sé que el guardián de mi primera adolescencia, también ahora me protege.

dijous, 21 de juny de 2007

Jugando al despiste

Ser despistada me gusta. Quizás por eso cada vez lo soy más e incluso mejor, porque me cultivo, no me conformo con tener un despiste corriente. Esta mañana he salido de casa después de haber pasado tres días fuera, y me he metido la tarjeta de metro en el bolsillo de la chaqueta. He pensado con orgullo que aquella era una gran idea, así no tendría que abrir el bolso al llegar a la parada.

Pero los ocho calculados minutos que me separan de la línea amarilla han resultado de lo más provechoso. He hecho la lista de la compra, he repasado los temas pendientes del trabajo, las personas a las que tenía que llamar, la lavadora por poner, una tienda nueva, me he mirado de reojo en un escaparate e incluso he sonreído, todo ello y algo más, mentalmente. Sin darme cuenta ya estaba ante los tornos.

La rutina entonces ha levantado mi brazo y lo ha introducido en el bolso. Ha movido mi muñeca en su interior, buscando la tarjeta de metro que sin duda creía iba a estar detrás del ipod. Pero la tarjeta no aparecía y me he tenido que apartar a una esquina de la estación, sentarme en las escaleritas y vaciar el bolso por completo. A estas alturas ya es bastante evidente que toda búsqueda ha sido en vano y, claro, he tenido que comprar un nueva tarjeta.

Esta tarde, cuando he podido recomponer en mi mente la historia tras rozar fortuitamente el bolsillo de mi chaqueta con la mano, me he sentido afortunada.